domingo, 18 de octubre de 2015

El día que volé

Y justo cuando estaba en el aire, que estaba allí, sintiendo la velocidad de la brisa en mi cara a unos cuantos cientos de kilómetros por hora; cumpliendo el deseo de años de lanzarme desde los cielos, si justo ahí, cuando tiré de la palanquilla del paracaídas y no abrió. 

Podría decir que como cualquiera en tal situación, estuve internamente asustado; ver a mi vieja amiga -La muerte- tan cerca, a unos 300 pies de altura, estaba rudo...pero sin duda, aun me quedaban unos minutos para pensar en cosas que ciertamente no les había dado nunca importancia. 

Imaginar el segundo de mi muerte es algo que jamás había pasado por tantos pensamientos que en mis rutinas facturé o compré; en ninguno de los paquetes de viaje, ni en las acciones de mis múltiples empresas, ni en mi vacaciones en Kauai o en Los Himalaya, estaba incluido eso de planear mi último minuto de vida. Mi agenda siempre estuvo llena; en cuanto a mentiras siempre fui el mejor ejecutor, obvio, solo cuando me convenía quedar al dia con personas en las que pensé que podía confiar. 

Antes de seguir pensando en tantas cosas buenas que había logrado hacer en mis maravillosas y ocupadas jornadas, intenté tirar de la guaya de apertura, pero mi mochila seguía fallando...¡qué reproche! tan cara que me costó. Recordé un poco más desesperado, la vez que papá me llamó para invitarme a casa y pasar junto a ellos su cumpleaños, y por compromisos mayores, decidí no asistir. Ni siquiera la voz temblorosa de la vieja me hizo doblegar mi decisión, hasta mi pedazo de torta guardaron en la nevera, por si decidía llegar más tarde.

Ya cuando el viento secó las lágrimas que mis ojos derramaron por la presión de la altura, me acordé de una chica con la que salí hace algún tiempo; me gustaba mucho, no pasaron cinco minutos para tenerla en mis manos. Algo que se me da muy bien es el proceso de fliltreo y conquista. La llevé a cenar a la orilla de una playa exquisita, donde preparé el camino para bautizar su cuerpo en mis aguas. Ni sus dedos hediondos a ostras pudieron salvarse del tacto de mi boca. Lo curioso es que al igual que ella, hubo muchas en mi inventario; y ahora me miro aquí solo, cayendo sin nadie que sostenga mi mano. 

Recuerdo a mi hermana Eva decir cuando éramos niños, los quejidos sobre mis padres con ella; yo siempre fui el consentido, el justo, al final, el que pudo llegar a tener una gran fortuna e influencias que me traerían excelentes recompensas. Ahora viene a mí, el hecho  de que tengo seis años sin verla, un dia me reí cuando me dijo que quería ver la ciudad desde un paracaídas, y vea pues, las vueltas que da la vida. Mi risa fue mi castigo. 

Por más que siga tirando de las cuerdas, mi cuerpo yacía cada vez más abajo, y extrañamente me sentía mucho más liviano; como si un montón de cosas se hubiesen ido de mis entrañas; quizá era la adrenalina o quizá mis culpas, las que nunca había dicho a nadie, conspiran hoy para hundirme. Creo que al final, es todo lo que merezco. 

Cuando pasé el límite de los segundos que para mi fueron una vida ante mis ojos, me hice una bola de cañón, respiré hondo y alli me encontraba listo para morir enterrado en ese desierto donde pensaba aterrizar cinco minutos antes. Pedí la última bendición a mi mamá a la distancia, la última desde los catorce años donde había dejado de pedírsela, y con un llanto inexistente, me despedí del mundo y él como respuesta me abrió el paracaídas de emergencia. 

sábado, 10 de octubre de 2015

Isabel en cuatro estaciones

Un profundo olor a pino; la sensación de alcohol en mi mente como uva playera en el ambiente; un sorbo de vino en las papilas ocultando una historia que pudo ser verdad...una borrachera inimaginable en honor al despecho de mis días pasados, gloriosos, pero ya inexistentes.

Con tus cuadernos de colores bajo el brazo. Tu paso algo rápido, leves ojeras y tu rostro emulando inocencia y belleza; tus atributos y todo lo observable para el deguste de mis ojos confusamente enamorados, además de tus palabras cortas y profundamente cargadas de inquietud, misteriosa candidez y hasta algo de inseguridad. 

Mirarte es fabricar un ángulo concavo en mi boca, es abrazarte, sentirte mia de manera graciosamente ilusa y por un momento pensar que puede ser verdad. No importa si la calidad de las hojas caídas son inoportunas, igual las recolecto, hago una pila, y te agarro la mano para echarnos en ellas y dejar en sus aposentos nuestra silueta junta e inseparable. 

La escritura más pesimista que podría escribir sería la llegada de un invierno inrretornable, como este amor, Isabel, que pensé que ya no rondaba por estos pasillos, pero definitivamente caí en cuenta que ya está tan apegado a mi como el anhelo de tenerte. Por más que quiera desembocar este dilema en los rios más profundos, estarían ellos congelados al igual que mis manos desesperadas por la llegada de un verano que al parecer se encuentra indispuesto.

Es así como te sostengo, mi Isabel, con tu silueta en mis hojas secas, balanceándonos adelante y atrás en aquél columpio bajo el viejo Sauce, calurosa y recia en mis latidos, incluso hasta en la más dramática y tormentosa nervatura. Asi te tengo, Isabel, con un sabor permanente, bajo mi piel achinada y cohibida. Asi te tengo, Isabel, en agostamiento, tempestad, tormenta y entretiempo; asi, en mis cuatro estaciones.