Aun puedo sentir la estela, la estela de ese olor tan peculiar que tiene tu boca tan colorada. La melodía de esta canción es tan triste como el sueño donde te veo soltar mis manos. Te pido, que si te llegas a ir, dejes verter cada una de las gotas de esta laguna de amor, yo tengo por seguro que eso no va a pesarte. No puedo soportar ni siquiera el imaginar tu cuerpo despegado al mío, me atemoriza, te miro a varios miles de kilómetros y es como presenciar en primera persona un suicidio sin fin, una agonía desesperanzada y sin remedio.
Ni las mas tristes prosas pueden expresar lo que ha sido esta lluvia tan pesada y fría. Verte lejos es como renunciar a los sueños y soltar este lápiz tan desgastado, arrugar la página y jamás volver a escribir. Esta nube si es bien arrecha, le vino a caer al más pendejo. Qué impotencia es sacar mi sombrilla, buscar el sol y solo encontrar el rastro de lo que un día fue nuestro clímax, nuestro momento, lo que hubiesen sido nuestras vacaciones de por vida. Solo tú, nuestro amor y yo.
Nuestro comedor, donde nos sentábamos sin falta a tomar esas tazas de café, marronsito, como te gusta. Aquí sigo esperando, en la otra punta de esta mesa de cedro, solo que vuelvas a mis muslos y te sientes en ellos con tal desesperación, aquella desesperación con la que me rompías los labios y me dejabas marcas como si de dejar tu huella se tratase. Allí mismo con tus manos asesinas, me masajeabas la espalda, y me besabas cada rasguño cantándome cada razón de ellos.
Hundirme en tus ojos amarillos y observarnos hasta con la pupila puesta en otro lado, asenchándonos, matándonos como dos bestias en total estado de dopaje. Ebrios de este amor tan desastroso, ebrios de esta sensación tan al borde posterior de la neurastenia, tanto pero tanto, que duele. Como tu domador, decido soltar tus riendas y enterrarte mis espuelas, que sientas solo este dolor tan turbador como con el que tú vives amenazándome.
No creas que no sé cómo lastimarte, soy un maestro. Los años me han enseñado a recorrer cada sendero de tu cuerpo, me han enseñado que te gusta escuchar mi lengua en tu oreja e incluso sentirla salivar. Sé tanto de ti, que al lograr poder verte expulsar una lágrima por mi culpa, libraría a mi cuerpo y corazón de tanta penumbra por este amor tan inmensamente interestelar, pero no me atrevería si quiera a tocarte con un adjetivo que no sea delicadeza. Me toca seguir siendo tu esclavo.
Hablar en pasado, hablar en presente, me da igual. Siempre te he tenido aquí, sin falta, siendo mi mujer, haciéndome el amor las veces que quiera, sudándonos y retando al sol en cada madrugada en vela, solo en compañía de nuestras impecables sábanas y dos vasos de Vodka barato. Las nubes negras y los rayos indetenibles son solo sinónimo de mi galaxia sin ti, de la tristeza que podría ser el ratico sin mi musa, de mi vida con el espacio vacío, ausente de tu silueta y de tus besos con ese olor tan peculiar. Mientras te beso abro los ojos y veo tu dulces párpados esconder tu mirada tan tierna, tu rostro tan dulce me llama y me dice que no tenga miedo, que siempre estarás allí, haciéndome vivir y escuchándome salivar.